La start-up que protege a las plantas del sol para que rindan más

Innovación y Agtech
La start-up que protege a las plantas del sol para que rindan más
De un invernáculo de la UBA a negociar con las semilleras más grandes del mundo. Una tecnología que promete más productividad.
Lucía Cuffia
Editora
Publicado en Mayo 2026
Carlos Crocco vio algo raro mientras estudiaba un grupo de genes en el invernáculo de la Facultad de Agronomía de la UBA, allá por el 2007. Las plantas sobre las que estaba trabajando tenían más clorofila, daban más semillas y cuando una enfermedad mataba a las vecinas, a estas no les pasaba nada. Había algo que las hacía más fuertes, como una “súper planta”. Ahí mismo se dijo: “Che, acá hay algo”.
Lo que vino después fue aprender a convertir un descubrimiento científico en un negocio prácticamente desde cero.
Carlos se doctoró en Ciencias Biológicas en la UBA y toda su carrera giró alrededor de la fotobiología, es decir, la respuesta de las plantas a la luz del sol. Gran parte de esta investigación la desarrolló en el instituto IFEVA (UBA-Conicet). Y fue justamente de ese mundo que en 2020 nació Beam CropTech, la startup argentina que interviene en la fotosíntesis de los cultivos para que produzcan más con menos. Una tecnología que va directo en la semilla y no le cambia nada al productor en su forma de trabajar.
Cómo funciona la tecnología
La fotosíntesis es algo muy determinante en el rendimiento de los cultivos, por eso todo lo que ayude a mejorarla despierta interés. Pero como se trata de un proceso complejo, que involucra muchos genes, casi siempre que alguien intenta intervenir en el camino bioquímico, se mejora algo pero se perjudica otra cosa. “Las famosas penalidades”, explica Carlos. “Por ejemplo, fotosintetiza más si hay mucha agua, pero si hay estrés hídrico, a la planta le va pésimo, entonces esa estrategia no sirve”.

Beam encontró un camino distinto. Los genes con los que trabajan no intervienen en la parte bioquímica, sino en una etapa anterior, y son los que se encargan de los compuestos fotoprotectores que la hoja sintetiza para protegerse del exceso de luz. “Algo así como el bloqueador solar de la hoja”.
Lo que pasa normalmente es que las hojas que están más expuestas y que están más arriba, reciben la máxima cantidad de luz al mediodía y ahí se produce una caída en la performance fotosintética. Esto la planta lo ve como algo dañino y sintetiza estos compuestos para defenderse, pero ya es tarde.
Lo que hacen desde la start up es lograr que ese gen (que actúa como una llave que prende todo el mécanismo de biosítnesis de los fotoprotectores) se active un poco antes de que llegue el sol fuerte. Cuando llega la luz intensa, la planta ya está preparada y la performance fotosintética sigue alta en lugar de caer.
“Es una manera contraintuitiva de promover la tasa fotosintética”, explica. “Lo que hacemos es subir o bajar esa protección para que la planta aproveche mejor ese exceso de luz que normalmente no puede traducir en fotosíntesis”.
Para identificar el gen propio de cada especie responsable de esta función, desarrollaron la tecnología Photosynter. Una vez encontrado, a través de edición génica o cisgénesis (las dos técncias que utilizan), buscan optimizar sus funcionalidades. Hasta el momento ya lo lograron con soja y maíz. Con el resto de los cultivos está detectado, pero todavía están en proceso de financiarse para arrancar a probarlos.
“Estamos generando plantas con un extra de energía”, remarca. “Ese extra la planta lo usa para lo que lo necesita, por ejemplo, para defenderse de patógenos”.
En números, hoy estiman un aumento de productividad del 10%, aunque puede variar por zonas. Otra ventaja es que la tecnología viene en la misma semilla que ya usa el productor, lo que significa que no requiere nuevos insumos ni cambiar el esquema de trabajo.
“Hasta ahora los resultados en invernáculo son muy buenos y la experiencia nos indica que cuando algo funciona ahí, en el campo funciona mejor”, destaca y agrega: “Hay que demostrarlo a campo, pero los datos que tenemos hoy muestran que estas plantas producen más bajo estrés hídrico”.
Del laboratorio al mundo de los negocios, “lo más difícil”
“Yo veía el potencial, tenía un espíritu emprendedor, quería transferirlo, pero no tenía la más mínima idea de cómo hacerlo”, reconoce Carlos. Lo primero que hizo fue golpear la puerta de IncubAgro, la incubadora de la Fauba. Para ese entonces ya tenía un antecedente concreto: además de detectar este gen en arabidopsis thaliana (la planta que es como el ratón de laboratorio pero en la biología vegetal), había probado la tecnología en papa: “Las plantas eran más grandes, producían más y fotosintetizaban más”, recuerda.
De la mano de la incubadora, conoció a Valeria Arredondo con quien se asoció en marzo de 2020, en plena pandemia. Ella venía del mundo de los negocios (era autoridad de la carrera de MBA en la Facultad de Económicas de la UBA), y juntos fundaron la empresa.

“Cuando empezamos, pensé que la parte más compleja ya estaba hecha, que era descubrir algo y empezar a transferirlo. Hoy te puedo decir que eso es el 10% de todo”.
Ese primer año de la empresa comenzaron las conversaciones con el Grupo Don Mario, actual cliente de Beam. El modelo que tienen con ellos es para soja y tiene muy buenas perspectivas.
En paralelo, también están en conversaciones con Basf, Corteva, Advanta, Bayer, Syngenta, entre otras. En este ecosistema, Beam compite con dos compañías estadounidenses que también intervienen en la fotosíntesis para mejorar el rendimiento, aunque con enfoques distintos. “Una se especializa en soja y la otra en maíz; su aproximación tecnológica no les permite ampliar el espectro”. Beam, en cambio, puede aplicar su tecnología en cualquier cultivo.
Hoy tienen tres inversores: SF500, Ergodic Group e Innventure. “Estamos tratando de cerrar una nueva ronda con fondos de Estados Unidos, Brasil y Argentina, que nos permitiría darle fuerza a la etapa de internacionalización que viene, para probar los materiales afuera”.
De hecho el mismo día de esta entrevista, sembraron su primer ensayo de maíz a campo en Missouri. “Es un salto enorme pasar del laboratorio de la Fauba a sembrar maíz en Estados Unidos, algo clave para la validación que necesitamos”.
En este tipo de desarrollos, es difícil hacer predicciones, pero ante la pregunta de qué falta para que la tecnología llegue al productor, Carlos responde: “Estimamos que en el mejor de los casos, la soja con esta tecnología podría llegar al productor en 2029” .
“Uno piensa que transfiere y todo va en línea recta, pero no. Hay muchas cuestiones y variables en juego”. Para empujar los desarrollos, desde Beam están optimizando el germoplasma, lo escalan, lo llevan a campo y lo muestran. “Buscamos sacarle ese peso a la empresa y así poder entregar una tecnología llave en mano”.
Notas Relacionadas
Fertilización
Salud de Suelos