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Producir donde falta todo
Una crónica por Israel, el país que venció la escasez extrema para convertirse en exportador de agua y tecnología.
Lucía Cuffia
Editora
Publicado en Enero 2026
Edificios derrumbados por los bombardeos conviven con grúas levantando nuevas obras. Campos sin agua natural producen alimentos y exportan tecnología. En Israel, la escasez es el punto de partida de todo su sistema productivo .
Esta forma de producir, donde parece no haber condiciones, atravesó la gira técnica realizada en diciembre, de la que participó Marcelo Arriola, docente universitario, socio y subdirector del programa Internacional de Aapresid. Al contactarlo para que nos cuente la experiencia, no solo respondió a las preguntas de esta entrevista, sino que además sorprendió con el envío de 20 memos, una suerte de crónica de viaje, con registros detallados de los lugares recorridos, las charlas técnicas, fotos, impresiones y datos.
Eso sí, todo este material llegó con una advertencia previa, casi como una disculpa: “La combinación entre escribir apurado y no ver bien por ser ‘chicato’, puede hacer que algunas frases no se entiendan mucho, así que guarda con eso”.
Considerando la advertencia y luego de pasar en limpio lo conversado durante la charla, tomó forma esta nota. A modo de spoiler y en línea con otros colegas, la empezamos con sus frases destacadas:
-Israel es un país al que le sobran problemas, tiene muchísimas necesidades naturales, pero, al mismo tiempo, le sobran soluciones. No solo generan recursos que no tienen, como el agua, sino que además los exportan.
-Hoy hay 190 startups trabajando en innovación del agua en este país.
-Ni la tierra ni el agua son recursos privados: todo es del Estado. Hasta el agua de lluvia hay que dejarla, porque si la cosechás te podés comer una multa.
-Allá no hay un cuidado del suelo como el que tenemos en Argentina. Tienen graves problemas de erosión y les cuesta creer que el suelo se pueda recuperar. Incluso al suelo le dicen tierra; ven el recurso como un sostén al que ponerle tecnología para producir.
-Están absolutamente convencidos de que todo tiene una solución tecnológica y no una solución ecológica.
-Piensan en la producción en base a tecnologías de insumos: riego, fertilizantes, apps, etc.
-Podemos copiar a Israel en su capacidad disruptiva, pero no en que todo se soluciona con tecnología de insumos. Estas tecnologías son buenísimas, sí, pero funcionan mejor sobre suelos sanos; y para tener suelos sanos hacen falta buenas tecnologías de proceso
De no tener agua a exportarla
Israel es uno de los casos más citados cuando se habla de gestión hídrica en condiciones límite. Y verlo en territorio confirma por qué. Un país que depende de un río, el Jordán (“que ya ni es río”, afirma Marcelo); y de un mar, el de Galilea, que tiene 3 metros por debajo de su nivel habitual y “hoy es más laguna que mar”, logró no sólo abastecer su consumo interno, sino también exportar agua y tecnología asociada.
“Te rompe la cabeza ver cómo, a partir de una necesidad extrema, generaron un sistema que hoy les permite tener agua y además exportarla”, dice.
Más del 86% del agua residual es tratada y reutilizada para riego, un verdadero récord. España, el segundo país en el ranking, reutiliza apenas el 17%.
El modelo combina la reutilización de aguas cloacales e industriales, desalinización por ósmosis inversa del agua del Mediterráneo y una regulación estricta. “Ni la tierra ni el agua son privadas. Todo es del Estado. No podés perforar un pozo, tocar el agua de un río ni siquiera hacer un reservorio para acumular agua de lluvia en tu campo”, explica.
En ese contexto no sorprende otro dato: hoy hay más de 190 startups trabajando en innovación vinculada al agua.
“Cada problema se transforma en una oportunidad tecnológica y económica”, agrega Marcelo.
Esa lógica también se ve en soluciones de bajo consumo energético que recorrieron durante la gira. Como el sistema para el tratamiento de aguas negras que funciona a partir de tres grandes piletones en desnivel, donde los efluentes (una vez decantados los sólidos) circulan a través de capas de grava y piedras que alojan bacterias, combinadas con plantas ornamentales seleccionadas según el tipo de residuo.

Sin necesidad de energía ni maquinaria compleja, el sistema permite que el agua salga apta para riego, incluso con nutrientes disponibles que reducen la necesidad de fertilizantes. “No es agua potable, pero es agua perfectamente utilizable para producir”, explica Arriola, y destaca que este tipo de esquemas biológicos ya se están exportando también para el tratamiento de efluentes industriales.

Kibutz, moshav y decisiones colectivas
La organización social y productiva es otro aspecto que llama la atención, o “que te rompe la cabeza”, como dice Marcelo. En los kibutz, la tierra sigue siendo estatal, pero cada familia vive y produce en una parcela asignada. Sin embargo, las decisiones productivas no son individuales.
“Un grupo de personas, cuál board, define qué siembra cada uno, siempre mirando el resultado económico del conjunto”.
Este esquema permitió, por ejemplo, concentrar varios tambos pequeños en unidades más grandes, altamente tecnificadas. Puntualmente visitaron un tambo de 420 vacas que produce muchísima cantidad de leche, con tres ordeñes diarios, manejo intensivo del confort animal y promedios de 40 litros por vaca por día, 3,7 de proteína y 4,3 de materia grasa.
Un dato que resaltó en sus memos, es que producen más leche en verano que en invierno, a partir de que acomodan los partos, y reciben premio por tener más leche en el período estival: “Para tener más partos en verano trabajan mucho en el sistema de enfriamiento de las vacas; y debieron traer gente de afuera para los ordeñes diarios ya que es un trabajo muy duro”. A diferencia de los tambos en Argentina, la mayoría de los productores israelíes no producen su alimento, sino que compran la ración.
El moshav, por su parte, mantiene una lógica similar al kibutz, pero la diferencia radica en que cada productor decide qué sembrar dentro de un esquema común de servicios y regulación. Y este punto no es menor.
“Todo lo que hacen, lo hacen en equipo. No trabajan solos. Cuando te venden una tecnología, hay atrás tres, cuatro o cinco startups asociadas. No es en grupo, es en equipo lo que les permite llegar a buen puerto”, remarca Marcelo.
Otra imagen que atraviesa la experiencia es la convivencia cotidiana con el conflicto. En Israel, la guerra está a la vista. Edificios derrumbados por los bombardeos recientes conviven a escasas cuadras con grúas levantando nuevas obras. “Tienen un grado de resiliencia muy grande”, afirma.
Tecnología de punta pero un suelo relegado

Si hay algo que atraviesa toda la producción israelí es la convicción de que cualquier problema tiene una solución tecnológica. Riego, fertilización, manejo de plagas, todo está mediado por apps, sensores y sistemas automatizados. Incluso el manejo integrado de plagas se comercializa como insumo: “Te venden el monitoreo y un frasquito con los benéficos que tenés que aplicar cada tres o cuatro días”, grafica.
Pero esa misma lógica deja zonas grises. “No hay un cuidado del suelo como el que pensamos en Argentina. Por ejemplo, pasamos por una zona que recibía 200 mm anuales y los campos tenían serios problemas de erosión”, cuenta. Frente a eso, la respuesta suele ser técnica, como cubrir el suelo con lonas y hacer hidroponia. “La hidroponia termina siendo un sostén sobre el cual apoyo mi gran ‘fábrica de alimentos’, a diferencia de un sistema extensivo en el cual el suelo es preponderante”, agrega.
“Están convencidos de que todo se soluciona con tecnología de insumos y no con soluciones ecológicas”, afirma Marcelo. Incluso no hablan de ‘suelo’ sino de ‘tierra’, como un soporte al que se le agrega tecnología.
Las decisiones productivas suelen responder más bien a cuestiones económicas. “Ellos tienen el problema del agua, lo solucionan generando más agua, exportan y ganan más dinero, y además venden la startup que solucionó el problema. El éxito lo miden como un éxito económico”.
En este sentido, el socio Aapresid insiste en que “podemos copiar a Israel en su capacidad disruptiva, pero no en que todo se soluciona con tecnología de insumos. Son buenísimas, sí, pero funcionan mejor cuando se usan sobre suelos sanos; y para tener suelos sanos hacen falta buenas tecnologías de proceso”.

Sobre la gira
La gira de capacitación fue organizada por la Embajada de Israel en Argentina, la Agencia Israelí de Cooperación Internacional para el Desarrollo (MASHAV) y el Centro Internacional de Capacitación Agrícola (MATC). Durante 21 días, representantes de entidades como Aapresid, INTA, INAI, Crea y profesionales independientes participaron de charlas, capacitaciones y recorridas a campo para conocer el modelo productivo israelí, haciendo foco en la investigación aplicada y la innovación orientada a impulsar la productividad agropecuaria.
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