
Salud de Suelos
El estado de los suelos en la región pampeana.
Estudios de los últimos años demuestran que los suelos de la Pampa Húmeda producen por debajo de los parámetros óptimos.
Eugenia Maina
Socia Regional Rafaela
Published on May 2026
El estado actual de los suelos en la región pampeana argentina es un tema de constante preocupación y análisis en el sector agropecuario. La situación se caracteriza por una tensión entre la alta capacidad productiva de la región y el desgaste acumulado por décadas de uso intensivo, sin los aportes pertinentes de nutrientes que demandan y extraen los cultivos.
El principal desafío sigue siendo la degradación química. Diversos estudios presentados en los últimos años indican que gran parte de los suelos cultivados en la Pampa Húmeda producen por debajo de los parámetros óptimos. La mayoría de los lotes se encuentran con niveles críticos de nitrógeno, fósforo, magnesio, calcio, zinc y boro. Pero el punto crítico se centra en los niveles de materia orgánica, ya que han disminuido significativamente en suelos de agricultura intensiva con respecto a los valores en suelos con pasturas o rotaciones diversificadas. Como consecuencia de este fenómeno, los suelos reducen la capacidad de infiltración y retención tanto de agua como así también de nutrientes.
Esta falta de fertilidad equilibrada genera una brecha de rendimiento de entre el 30 % y el 50 % respecto al potencial real de los cultivos, lo que significa que, sin una nutrición adecuada, el productor está dejando dinero sobre la mesa mientras agota el recurso. Un dato llamativo de encuestas realizadas a productores es que, a pesar de conocerse estas carencias, solo cerca del 25 % de estos realiza muestreos de suelo detallados antes de fertilizar.
La tendencia actual, impulsada por la Agricultura de Precisión, es la insistencia en pasar de una "fertilización por receta" a una "fertilización por diagnóstico preciso", basándose en datos específicos de cada lote, que identifican sus ambientes y por lo tanto sus potenciales para evitar la sobre o sub-fertilización y el gasto ineficiente.
Otro parámetro del suelo, que hoy está afectando su capacidad productiva, radica en la salud física del mismo. Si nos basamos en la estación que estamos transcurriendo, otoño húmedo, un problema creciente es la compactación del suelo causada por el tránsito de maquinaria pesada durante la cosecha en condiciones de alta humedad. Esto afecta su estructura física, limitando el crecimiento de las raíces en las campañas siguientes. También, si nos remontamos a campañas pasadas, tras periodos de sequía extremos, otro aspecto a considerar es la capacidad de infiltración del suelo, que aunque se han ido recargando los perfiles en varias zonas —lo cual es positivo— los suelos que estén descubiertos y pobres de estructura tendrán baja adaptabilidad para sobrellevar los extremos climáticos.
El enfoque actual que se está construyendo entre los productores, se basa en cómo regenerar los suelos, identificándose como un activo estratégico. Las principales estrategias que componen este “plan de mejora” son prácticas conocidas como la Siembra Directa, que es la base del sistema argentino, en donde se mantiene la cobertura, se reduce la erosión y se preserva la estructura física del suelo. Asimismo, se incorporan los cultivos de servicio o de cobertura, que son siembras de especies (como vicia, centeno o avena) no para cosechar grano, sino para proteger el suelo en los periodos donde no hay cultivo principal, manteniendo raíces vivas y suelo cubierto todo el año. De esta manera, se generan además las rotaciones diversificadas, donde se alternan cultivos de gramíneas y leguminosas para interrumpir ciclos de plagas, romper capas compactadas con raíces de distintas profundidades y equilibrar la extracción de nutrientes.
También se suma la Agricultura de Precisión, gestionando el uso de tecnologías (muestreo georreferenciado, monitoreo satelital, prescripciones de siembra y/o fertilización variable, mapas de rendimiento, etc.) para aplicar exactamente la cantidad necesaria de fertilizantes y/o fitosanitarios, densidad de semillas, y así evitar excesos que degradan la química del suelo y la
eficiencia del productor.
Con este complemento de tecnologías AP, es posible realizar nutriciones balanceadas al suelo, pasar de fertilizar solo con nitrógeno a realizar una nutrición completa que incluya macro y micronutrientes, tratando al suelo como un sistema vivo que necesita una dieta completa.
Cuando se aplican estas estrategias correctamente los cambios son tangibles, podemos hablar de resiliencia climática, donde los suelos con mayor materia orgánica y estructura adecuada actúan como una "esponja". En años de sequía, estos campos mantienen rendimientos estables mientras que los suelos degradados sufren pérdidas totales. La implementación de la siembra directa y la cobertura constante ha frenado la erosión eólica e hídrica que era devastadora hace 30-40 años. Los productores que adoptan agricultura de precisión logran mantener los mismos rendimientos o superiores utilizando menos insumos, lo que mejora la rentabilidad y reduce el impacto ambiental.
Siendo realistas, no todo es sencillo, a veces la adopción de estas técnicas choca con barreras importantes como costo e inversión, y muchas de estas prácticas regenerativas, como los cultivos de servicio, tienen un costo directo inmediato, pero el beneficio económico suele ser a mediano o largo plazo. Esto es difícil de financiar en contextos económicos inestables. Además, ocurre que el uso intensivo de ciertos herbicidas para controlar malezas resistentes genera una presión química que preocupa, ya que puede afectar la biodiversidad del suelo, como así también el uso excesivo de fertilizantes amoniacales, que acidifican los suelos y como consecuencia de ello se produce el fenómeno de “secuestro de nutrientes". Elementos esenciales como el fósforo, el magnesio y el calcio se vuelven menos solubles, es decir, la planta no puede absorberlos, mientras que elementos tóxicos como el aluminio se vuelven más solubles y perjudiciales para las raíces. Por otra parte, los eventos extremos (sequías severas o inundaciones repentinas) pueden "borrar" los avances hechos en una campaña. Por ejemplo, una gran inundación puede arrastrar la cobertura de un cultivo de servicio y causar erosión a pesar de las buenas prácticas. Por último y no menos importante, existe una inercia en la forma de producir. Cambiar el "chip" de la producción extractiva a la regenerativa requiere una curva de aprendizaje técnica que no todos los productores están dispuestos o pueden afrontar.
Aquí es donde la ciencia y la política deben sumar fuerzas y aportar. Sabemos mucho sobre la química del suelo (nutrientes, pH, etc.) pero sabemos poco sobre la biología (hongos, bacterias, micorrizas). Faltan diagnósticos a escala de campo que midan la "salud biológica" del suelo. Se necesitan esquemas de pago por servicios ecosistémicos, si un productor mejora su suelo debería recibir beneficios fiscales o incentivos económicos directos, como por ejemplo con la captura de carbono, huella hídrica, etc. De esta manera sería posible acortar la brecha entre la investigación y la realidad del productor pequeño y mediano. Muchos tienen la intención, pero carecen del soporte técnico para implementar cambios complejos. El cuidado del suelo no es una campaña, son años de prácticas y manejos para sostener al suelo.
Más allá de las necesidades agronómicas, la gestión de la fertilidad de los suelos en Argentina enfrenta hoy un obstáculo crítico: la accesibilidad económica y logística a los insumos. El sector agropecuario se encuentra ante un escenario de alta incertidumbre y presión de costos que condiciona directamente la toma de decisiones. Los precios internacionales de fertilizantes clave, como la urea (nitrogenados) y los fosfatados (DAP/MAP), se mantienen en niveles elevados debido a la volatilidad global y los conflictos geopolíticos. Esto genera una brecha significativa entre los valores locales y los costos de reposición, provocando, en muchos
casos, una parálisis en la cadena de comercialización donde los importadores han retraído la oferta ante la inestabilidad de precios. Ante un aumento considerable en los costos de producción —especialmente en urea y gasoil— el productor se encuentra en un dilema complejo. Con márgenes de rentabilidad ajustados, la inversión en nutrición de suelos, que es esencial para garantizar rendimientos a largo plazo, compite directamente con la supervivencia financiera de la campaña de fina que está pronta a comenzar. Esto no solo afecta esta cosecha, sino que, si se sostiene en el tiempo, acelera el proceso de degradación de los suelos, comprometiendo la reserva de nutrientes que tanto tiempo y esfuerzo lleva recuperar. En síntesis, la fertilidad de los suelos no puede analizarse de forma aislada, la eficiencia en el uso de insumos y la planificación financiera son parte integral del paquete tecnológico que el productor debe analizar para mantener la productividad en un marco de alta vulnerabilidad económica.
Hoy no se trata solo de producir más, sino de recuperar la salud del suelo como un activo estratégico. Partiendo de las bases, es necesario conocer cuales son las limitantes que presenta, generar un diagnóstico desde lo macro a lo micro teniendo en cuenta la química y la física del suelo, y tomar decisiones concretas donde se piense la diversificación de cultivos con rotaciones más complejas, incluyendo cultivos de servicio o cobertura para proteger el suelo durante períodos sin cultivo y mejorar la materia orgánica.