
Salud de Suelos
Mirar el suelo: el primer paso para regenerarlo
Evaluación visual y tránsito controlado, investigadoras comparten métodos y soluciones prácticas para su recuperación.
Lucía Cuffia
Editora
Published on November 2025
Antes que grandes equipamientos tecnológicos, el suelo necesita ojos atentos. Aprender a “mirarlo, interpretarlo y entenderlo” fue una de las ideas que atravesó la charla “Medición de la degradación del suelo: desafíos actuales y soluciones prácticas”, en el último Congreso Aapresid con la fuerza de Expoagro. Allí las investigadoras Silvia Imhoff (UNL) y Elke Noellemeyer (UNLPam) compartieron experiencias y métodos para evaluar los suelos desde una mirada integral y práctica.
Las especialistas coincidieron en que el primer paso para revertir la degradación es conocer el estado real del suelo y priorizar los problemas más limitantes antes de aplicar medidas. Desde la pérdida de materia orgánica hasta el tránsito excesivo de maquinaria, los factores que afectan la estructura y fertilidad del suelo son varios, pero su impacto se puede reducir si se integran buenas prácticas y se monitorea.
Diagnosticar, priorizar y aplicar medidas de manejo
La investigadora Silvia Imhoff enfatizó que el punto de partida es un diagnóstico correcto. “Tenemos que partir de una correcta toma de muestra a campo para que los resultados sean válidos para hacer las recomendaciones”, insistió.
Una vez definido el diagnóstico, “hay que priorizar qué problema es más limitante, ver si se puede o no corregir, y establecer una secuencia de acciones de remediación según los objetivos del productor”, explicó. Y para demostrar que la recuperación del suelo es posible, compartió algunas experiencias en campos de la zona central santafesina.
Uno de los casos que presentó fue un ensayo en El Trébol, donde un productor que trabaja con encierre de animales produjo compost con los residuos de los corrales y lo distribuyó en el campo. Se aplicaron distintas dosis, ajustadas a las necesidades de nitrógeno de los cultivos. “Hay que tener mucho cuidado, porque se tiene que analizar el material, el suelo y, en función del cultivo, aplicar las dosis”, aclaró la investigadora.
Los resultados mostraron que, además de mejorar la fertilidad, el carbono orgánico del suelo aumentó entre 1 y 1,5 toneladas por hectárea, mucho más de lo que se logra sólo con cultivos de servicio (500/800 kg/ha). “La densidad bajó, la conductividad hidráulica aumentó y la capacidad de intercambio catiónico se incrementó junto con el carbono”.
Tránsito controlado: una práctica que suma
Otra de las experiencias que compartió Imhoff fue un ensayo de tránsito controlado de maquinaria en un campo de Videla, del productor José “Peco” Alonso, que ya lleva ocho años. Los resultados mostraron que los rendimientos de soja y maíz aumentaron en promedio un 20%, solo por mantener las zonas de cultivo sin tránsito (Figura 1). “Cuando el tránsito es al azar, las pérdidas pasan inadvertidas, pero son muy grandes, llegando casi al 84%”, advirtió Imhoff.

La investigadora reconoció que aplicar este sistema no es sencillo, sobre todo porque las máquinas no coinciden en el ancho de trocha, pero destacó el trabajo de los docentes Pablo Beson y Lisandro Repetto (UNR), que “se especializan en hacer coincidir las máquinas y ya tienen miles de hectáreas aplicando la tecnología”.
“Tenemos que dejar de pasear por los lotes si queremos que los rendimientos se aproximen más al potencial”, cerró.
Mirar el suelo, una práctica que logra buenos resultados
Por su parte, la investigadora Elke Noellemeyer contó que la evaluación visual les está dando muy buenos resultados al hacer monitoreos: “En vez de usar muchos equipamientos o cuestiones tecnológicas, es importante también volver a la tierra y mirarla”.
Noellemeyer presentó resultados del programa de certificación de carbono y manejo sustentable que coordinan desde la UNLPam, donde aplican el método de Evaluación Visual (EV) para monitorear el suelo. En total, analizaron 34 campos y casi 900 puntos de muestreos distribuidos en la región pampeana. Los datos incluyen textura, materia orgánica, fósforo y densidad aparente, entre otros (Figura 2).

“La mayoría de los suelos son franco a franco-arenosos, con un contenido medio de materia orgánica del 2%”, señaló.
Ese valor ubica al Índice de Materia Orgánica (IMO) justo en el umbral crítico, lo que indica suelos con baja fertilidad física y nutrientes limitantes como nitrógeno y azufre.
Esa tendencia también se refleja en los indicadores visuales: estructura, porosidad y color muestran valores medios, cercanos a 1 en una escala de 0 a 2, lo que evidencia problemas moderados de compactación y erosión. “No es un desastre, pero no está bien”, señaló.
A esto se suma un déficit generalizado de fósforo, con medias de 15 ppm y medianas entre 10 y 11 ppm. Si bien las capas superficiales (0–10 cm) presentan niveles aceptables, en profundidad los valores caen a cifras críticas, limitando el desarrollo de raíces y, por ende, la capacidad del suelo de acumular materia orgánica y fijar carbono.
Las entrevistas a técnicos reflejan una preocupación compartida por la pérdida de nutrientes, MO y biodiversidad, pero también reconocen que factores externos, como la presión impositiva o la baja rentabilidad en campos alquilados, limitan la posibilidad de implementar cambios.
Las fotos que acompañaron su presentación invitaron a volver a mirar el suelo con otros ojos. A través de ejemplos que mostraban la estructura de los agregados, la compactación o la presencia de costras, la investigadora mostró cómo una observación atenta permite interpretar el estado físico y biológico del suelo, y orientar las decisiones de manejo (Figuras 3, 4 y 5). “Hay que mirar, formarse un juicio y actuar en consecuencia”, resumió.



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